Cuento para Navidad

Os lo contaré tal y como me lo contaron hace muchos años, mis “amigos”, los que me acompañan desde siempre:

“Dentro de un cuerpo, o mejor dicho, impregnándolo, vive un Ser de Luz maravilloso, que un día, hace eones, decidió dejar su hogar y su gran familia en algún lugar de una lejana galaxia, para venir a ayudar a otros hermanos suyos con un menor grado de evolución, pero con una gran misión en el universo.

Se pidieron voluntarios y, como él era un ser lleno de Amor, no lo dudó: se encarnaría; se haría humano.

Sabría de penas y alegrías; necesidades y satisfacciones. Experimentaría el hambre y la saciedad; el sueño y el insomnio; la dualidad y el libre albedrío. Cosas muy extrañas para un Ser de Luz, cuya esencia es el Amor.

Al despedirse de sus hermanos, nuestro Ser les hizo prometer que nunca le dejarían solo y que siempre estarían conectados. Que en lo más profundo del sueño de la vida, siempre recordaría “algo” y que, llegado el momento de volver, despertaría y ellos estarían a su lado.

Bajó y se encarnó, una y otra vez, siempre bajo un velo de amnesia. Hasta que, cumplido su Tiempo de Servicio, despertó en una pequeña niña, muy asustada e impregnada toda ella de ternura y amor.

Desorientada y con prisa por realizar éste su último viaje a la materia, abrió los ojos. Unos ojos azules y límpidos, que dejaban traslucir toda la belleza de su alma.

– ¿Por qué no me abrazan, me besan y reciben con besitos y mimos? ¿Por qué no me tocan, ni me acarician?

– ¡Tengo frío, mucho frío! ¡Estoy helada!, gritaba con fuerza desde su corazón, aunque por su pequeña boquita apenas si salían unos leves vagidos.

Ese primer recibimiento frío y algo distante, marcaría el camino que había decidido andar, ya de vuelta al Hogar. Aquellos padres, aquella familia, aquel pueblo, incluso aquellas circunstancias, eran perfectas, las ideales para culminar su aprendizaje y cumplir su MISIÓN.

Y así su vida transcurrió entre certezas y dudas, días y noches, calor y frío, afectos y desafectos, hasta completar su aprendizaje y  culminar Su Servicio.

Hasta que, un día, le sucedió algo que siempre anheló desde lo más profundo de su corazón al encarnar, lo que uno de sus compañeros le prometió y había olvidado: que, en la última etapa de sus vidas, se reencontrarían y reconocerían para vivir juntos, como antes de bajar; felices en la Consciencia y despiertos a sus recuerdos. Trayendo así el Cielo a la Tierra, para su gozo y para esperanza de todos los que entraran en contacto con ellos.

Y así fue, así es y así ha sido”.

Moraleja: Nunca estaremos solos, por mucho que nos lo parezca.